Diez cartas de amor a la Tierra

Dic 26, 2022 | Selección 10mil

por Thich Nhat Hanh

Extracto de "Un canto de amor a la Tierra" - Traducción del inglés de David González Raga y Fernando Mora

Las siguientes meditaciones son cartas de amor a la Tierra. Son contemplaciones que pueden ayudarnos a entablar una conversación íntima, un diálogo vivo con nuestro planeta. Y, por encima de todo, son un modo de ejercitar la mirada profunda.

Para sobrevivir, como individuos o como especie, necesitamos experimentar una revolución en nuestra conciencia. Podemos empezar con nuestro despertar colectivo. Mirando profundamente, con atención y concentración, podemos ver que somos la Tierra, una intuición de la que emanan de forma natural el amor y la comprensión.

Las siguientes conversaciones pueden enriquecer nuestra práctica del paseo
meditativo, la meditación sedente y la comida atenta. Quizás pueda gustarte recitarlas cuando estés tranquilamente sentado en la ribera de un lago, contemplando el firmamento nocturno o paseando por un bosque. Estas meditaciones pueden profundizar en tu práctica de la atención plena mientras estás cocinando, arreglando el jardín, paseando por la calle, viajando en tren o sentado en un avión. Pueden ayudarte a permitir que la intuición, la curación profunda y la transformación impregnen a fondo tu conciencia.

Quizás te guste sentarte en un lugar tranquilo y leerlas a solas, o tal vez te guste más hacerlo en voz alta, en grupo. Quizás prefieras escribir tu propia carta de amor a la Madre Tierra. No hay límites al lugar y la forma en que podemos mantener una conversación con nuestra Madre Tierra.

Imágenes:
«Landscapes of the Twelve Months»
ca. 1685
Gong Xian – Chinese

I

Querida madre de todas las cosas

Querida Madre Tierra:

Me postro ante ti con el mayor de los respetos y la clara conciencia de que estás presente en mí y de que yo formo parte de ti. Tú me diste a luz y me proporcionaste todo lo que necesitaba para mi sustento y desarrollo. Mi madre, mi padre y todos mis ancestros son también tus hijos. Nosotros respiramos tu aire fresco, nosotros bebemos tu agua limpia, comemos tu nutriente alimento y apelamos, cuando estamos enfermos, a tus remedios naturales.

Tú eres la madre de todos los seres. Te llamo con el nombre humano de madre, pero sé que tu naturaleza es mucho más amplia y antigua que la humanidad. Nosotros no somos más que una joven especie de tus muchos hijos. El resto de los millones de especies que viven –o han vivido– en la Tierra son también tus hijos. Sé muy bien que no eres una persona, pero también sé que no eres menos que una persona. Eres un organismo vivo que respira en forma de planeta.

Cada especie tiene su propio lenguaje y tú, como nuestra Madre, los entiendes todos. Por ello sé que, cuando te abro mi corazón y te ofrezco mi plegaria, puedes entenderme.

Dondequiera que haya suelo, agua, roca o aire sé, querida Madre, que estás ahí,
nutriéndome y dándome vida. Estás presente en todas las células de mi cuerpo. Mi cuerpo físico es tu cuerpo físico, y, como el Sol y las estrellas están presentes en ti, también lo están en mí. Tú no estás fuera de mí, y yo tampoco estoy fuera de ti. Tú eres mucho más que mi entorno. Tú eres yo.

Hago el voto de ser continuamente consciente de que siempre estás en mí y de que yo siempre estoy en ti. Me comprometo a ser consciente de que tu salud y bienestar son mi propia salud y bienestar. Sé que necesito mantener esta conciencia viva en mí para que ambos estemos en paz y crezcamos felices, sanos y fuertes.

A veces me olvido. Me pierdo en las confusiones y preocupaciones de la vida cotidiana, me olvido de que mi cuerpo es tu cuerpo; y a veces me olvido incluso de que tengo un cuerpo. Inconsciente de la presencia de mi cuerpo y del hermoso planeta que me rodea y me impregna, soy incapaz de reconocer y celebrar el precioso regalo de la vida que me has dado. Mi deseo profundo, querida Madre, consiste en despertar al milagro de la vida. Me comprometo a aprender a estar presente en cada momento, para mí, para mi vida y para ti. Sé que mi conciencia es el mejor de los presentes que puedo brindarte, el más precioso de todos ellos.

 

II

Tu maravilla, belleza y creatividad

 

Querida Madre Tierra:

Cada mañana, cuando me despierto, me ofreces 24 flamantes horas para apreciar y
disfrutar de tu belleza. Tú das nacimiento a toda forma milagrosa de vida. Tus hijos son
el lago transparente, el pino verde, la nube rosada, la cumbre cubierta de nieve, el bosque
perfumado, la grulla blanca, el ciervo dorado, la extraordinaria oruga, el brillante
matemático, el diestro artesano y el dotado arquitecto. Tú eres la mejor matemática, la
artesana más consumada y la más dotada arquitecta. Basta con observar la rama florida
de un cerezo, la concha de un caracol o el ala de un murciélago para corroborar la
veracidad de estas afirmaciones. Mi deseo más profundo es poder vivir de un modo que
pueda despertar a cada uno de tus milagros y nutrirme de tu belleza. Acaricio tu preciosa creatividad y agradezco este regalo de la vida.

Hay entre nosotros artistas de mucho talento, pero… ¿cómo podrían compararse
nuestros cuadros a las obras de arte que nos ofreces en las cuatro estaciones? ¿Cómo
podríamos pintar amaneceres tan esplendorosos u ocasos tan espectaculares? También es cierto que hay, entre nosotros, compositores geniales, pero… ¿acaso nos atreveríamos a
comparar nuestra música con la armonía celestial que ejecutas junto al Sol y el resto de
los planetas o con la espléndida sinfonía del rumor que acompaña a una marea creciente? Y también es verdad que hay héroes y heroínas que han soportado guerras y rigores extremos y viajes muy peligrosos, pero… ¿osaríamos comparar su valentía con la
paciencia y perseverancia que evidencia tu peligroso viaje de eones? ¿Y quién se
atrevería a comparar nuestras mayores historias de amor con un amor tan desbordante
como el tuyo que abraza, sin discriminación alguna, a la totalidad de los seres?

Tú has dado a luz, querida Madre, a incontables buddhas, santos y seres iluminados.
Shakyamuni Buddha es un hijo tuyo. Jesucristo es el hijo de Dios, pero también es el
hijo del hombre, hijo de la Tierra, tu hijo. La Madre María también es una hija de la Tierra. El profeta Mahoma es también tu hijo. Moisés es tu hijo. Y lo mismo sucede con
los bodhisattvas. Tú eres la madre de eminentes pensadores y científicos que han hecho
grandes descubrimientos, investigando y comprendiendo no solo nuestro sistema solar y la Vía Láctea, sino hasta las más distantes galaxias. Gracias a esos talentosos hijos has
profundizado en tu comunicación con el cosmos. Sabiendo que has dado origen a tantos
grandes seres, sé que no eres materia inerte, sino espíritu vivo. Y ello es así porque estás
dotada de la capacidad de despertar que poseen todos tus hijos. Cada uno de nosotros
porta consigo las semillas del despertar, la capacidad de vivir en armonía con nuestra
sabiduría más profunda, la sabiduría de inter-ser.

Pero hay veces en las que no hacemos las cosas tan bien. Hay veces en las que no
amamos lo suficiente, veces en las que olvidamos nuestra verdadera naturaleza, y veces
en las que discriminamos y te tratamos como algo ajeno. Y también ha habido ocasiones
en las que, debido a la ignorancia e impericia, te hemos subestimado, explotado, herido y
contaminado. Por ello quiero hacer ahora el voto, con mi corazón henchido de amor y
gratitud, de estimar y proteger tu belleza y de encarnar en mi vida tu esplendorosa
conciencia. Hago el voto, pues, de seguir los pasos de aquellos que me han precedido,
para vivir con el despertar y la compasión y merecer llamarme de nuevo hijo tuyo.

III

Caminando tiernamente por la Madre Tierra

 

Querida Madre Tierra:

Cada vez que ponga mis pies en la Tierra me comprometo, querida Madre, a ser
consciente de que estoy caminando sobre ti. Cada vez que pongo los pies sobre la Tierra, tengo la oportunidad de estar en contacto contigo y con todos tus prodigios. Y, con cada paso también, querida Madre, puedo conectar con el hecho de que no estás sola, querida Madre, debajo de mí, sino también en mi interior. Por ello, cada paso atento y amable puede nutrirme, curarme y ponerme en contacto conmigo y contigo en el momento presente.

Caminando atentamente puedo expresar mi amor, mi respeto y mi cuidado por ti,
preciosa Tierra. Puedo conectar con la verdad de que mente y cuerpo no son dos
entidades separadas. Me comprometo a entrenarme en mirar profundamente hasta llegar a ver tu verdadera naturaleza: tú eres mi amorosa madre, un ser vivo, un gran ser, un inmenso, hermoso y precioso milagro. Tú no solo eres materia, sino que también eres mente y también eres conciencia. Y, como sucede con el hermoso pino y el grano de maíz, posees asimismo una forma innata de inteligencia. En tu interior, querida Madre Tierra, están los elementos de la tierra, el agua, el aire y el fuego, y también el tiempo, el espacio y la conciencia. Nuestra naturaleza es tu naturaleza, que es asimismo la naturaleza del cosmos.

Hago el voto de caminar amablemente sobre ti, con pasos amorosos y respetuosos. Hago el voto de caminar con mi cuerpo y mi mente unidos. Sé que puedo caminar de un modo que cada paso sea un placer, y no solo cure mi cuerpo y mi mente, sino que también te cure a ti, querida Madre Tierra. Tú eres el más hermoso de todo los planetas de nuestro sistema solar. No quiero escapar de ti, querida Madre, y tampoco quiero apresurarme. Sé que puedo encontrar la felicidad aquí, contigo. No necesito huir para descubrir en el futuro otras condiciones de felicidad. Con cada paso que doy puedo encontrar refugio en ti. Con cada paso puedo disfrutar de tus prodigios, del delicado velo de la atmósfera y del milagro de la gravedad. Con cada paso puedo dejar de pensar.

Puedo caminar relajadamente y sin esfuerzo. Caminando así puedo experimentar el despertar. Puedo despertar al hecho de que estoy vivo y de que la vida es un auténtico milagro. Puedo despertar al hecho de que nunca estoy solo y de que nunca moriré. Con cada paso que dé, estarás conmigo y a mi alrededor nutriéndome, abrazándome y llevándome hacia el futuro.

Tú deseas, querida Madre, que vivamos con más conciencia y gratitud, y esto es algo
que podemos hacer generando la energía de la atención plena, la paz, la estabilidad y la compasión en nuestra vida cotidiana. Por eso me comprometo ahora a devolverte tu
amor y plenitud formulando el voto de poner mi amor y ternura en todos los pasos que dé sobre ti. Cuando camino, no solo estoy haciéndolo sobre la materia, sino sobre el espíritu.

IV

Tu estabilidad, paciencia e inclusividad

 

Querida Madre Tierra:

Tú eres este planeta azul infinitamente hermoso, fragante y bondadoso. Tu inconmensurable paciencia y perseverancia te han convertido en un gran bodhisattva.
Aunque cometamos muchos errores, tú siempre nos perdonas y, cada vez que volvemos a ti, nos recibes con los brazos abiertos dispuesta a abrazarnos.

Cada vez que me descubro inestable, cada vez que pierdo el contacto conmigo o me
sumerjo en el olvido, la tristeza, el odio o la desesperación, sé que puedo volver a ti. Basta con tocarte para encontrar un refugio, restablecer la paz y recuperar la alegría y confianza. Tú nos amas, proteges y nutres a todos sin discriminación. Tienes la extraordinaria capacidad de recibir, cuidar y transformarlo todo, incluidos la basura, los humos tóxicos y los residuos radiactivos. Y la historia ha demostrado que siempre lo consigues aunque tardes, para ello, un millón de años.

Fuiste capaz de recuperar el equilibrio después de la devastadora colisión que creó la Luna y soportaste, al menos, cinco extinciones masivas, recuperándote de todas ellas. Tienes una capacidad extraordinaria para renovarte, transformarte y curarte, y para renovarnos, transformarnos y curarnos también a nosotros, tus hijos.

Tengo fe en tu gran poder curativo, una fe que no se deriva de algo que me hayan
contado y crea, sino de mi observación y de mi experiencia. Esa es la razón por la que
puedo tomar refugio en ti. Cuando camino, me siento y respiro, puedo entregarme a ti,
confiar plenamente en ti y dejar que me cures. Y sé que, para ello, no debo hacer
absolutamente nada. Basta con que me relaje, relaje todas mis tensiones corporales y abandone todos los miedos y preocupaciones mentales.

Independientemente de que esté sentado, caminando, tumbado o de pie, me comprometo a tomar refugio en ti y a dejarme sostener y ser curado por ti. Confío en ti, querida Madre Tierra. Todo el mundo necesita un lugar en el que refugiarse, aunque quizás no sepa cómo descubrirlo ni cómo llegar hasta él. Mirando profundamente, veo que mi verdadero hogar y mi verdadero refugio eres tú, querido planeta. Por ello tomo refugio en ti, Madre Tierra. No tengo que ir a ningún otro lugar para encontrarte; tú ya estás en mí y yo ya estoy en ti.

Por todo ello hago el voto, querida Madre, de encarnar, cada vez que me siente en
silencio en ti, tus maravillosas cualidades de solidez, perseverancia, paciencia y
tolerancia; de profundidad, resistencia y estabilidad; de coraje, falta de miedo y una
creatividad inagotable. Me comprometo a entregar incondicionalmente todo mi corazón y mi mente a esta práctica hasta realizar estas cualidades, consciente de que tú has sembrado en ellos la semilla de estas potencialidades.

V

El cielo en la tierra

 

Querida Madre Tierra:

Hay quienes caminan sobre ti buscando la tierra prometida, sin darse cuenta de que tú eres ese prodigioso lugar que hemos estado buscando durante toda nuestra vida. Tú ya eres un extraordinario y maravilloso Reino de los Cielos, el más hermoso planeta del sistema solar, el lugar más maravilloso de los cielos. Tú ya eres la Tierra Pura en la que incontables buddhas y bodhisattvas del pasado se manifestaron, alcanzaron la iluminación y enseñaron el Dharma.

No necesitamos imaginar una Tierra Pura del Buddha en Occidente, ni un Reino de Dios por encima al que iremos cuando muramos. El Reino de los Cielos está aquí en la Tierra. El Reino de Dios está aquí y ahora. No necesitamos morir para entrar en el Reino de Dios. De hecho, muy al contrario, necesitamos estar muy vivos. En cada paso, podemos tocar el Reino de Dios. Cuando conecto profundamente ahora mismo, en la dimensión histórica, con ese reino, estoy en contacto con la Tierra Pura, con lo último y con la eternidad. En profundo contacto con la Tierra y los milagros de la vida, conecto con mi verdadera naturaleza. ¿No pertenecen acaso la exquisita flor de la orquídea, el rayo de sol y hasta mi milagroso cuerpo, al Reino de Dios? Si miro profundamente la Tierra, ya sea una nube suspendida en el cielo o la caída de una simple hoja, puedo ver la naturaleza de no nacimiento y de no muerte de la realidad. Tú, querida Madre, nos trasladas a la eternidad. Nunca hemos nacido y nunca moriremos. Cuando entendamos esto, podremos valorar y disfrutar plenamente de la vida, sin miedo a la vejez y a la muerte, sin quedarnos atrapados en complejos sobre nosotros y querer que las cosas sean diferentes a como son. Ya somos –y siempre hemos sido– lo que estamos buscando.

El Reino de los Cielos no existe fuera de nosotros, sino dentro de nuestros corazones. Que seamos o no capaces de conectar con el Reino de Dios en cada paso, depende de nuestra manera de mirar, de nuestra manera de escuchar y de nuestra manera de caminar.

Cuando nuestra mente está tranquila y en paz, el mismo suelo que hollamos se convierte en un paraíso. Hay quienes dicen que en su cielo no hay sufrimiento, pero… ¿cómo podría, en ausencia de sufrimiento, haber felicidad? Necesitamos abono para que las flores crezcan y lodo para que florezca el nenúfar. Y necesitamos también dificultades para poder superarlas. La iluminación es siempre iluminación de algo.

Me comprometo, querida Madre, a cultivar esta forma de mirar. Me comprometo a ejercitar la mirada atenta, aquí y ahora, hasta poder tocar día y noche la Tierra Pura, el Reino de Dios. Hago el voto de tocar, en cada paso, la eternidad. Hago el voto de tocar, en cada paso, el cielo en la Tierra.

VI

Nuestro viaje de eones

 

Querida Madre Tierra:

¿Recuerdas cuando tú y el Padre Sol os formasteis a partir del polvo resultante de la explosión de las estrellas y del gas interestelar? Todavía no estabas ataviada entonces con el sedoso manto de verdor que hoy te cubre. En esa época, Madre, hace ya más de 4.500 millones de años, tu vestido estaba hecho de roca fundida, que no tardó en enfriarse y formar una dura costra. Aunque la luz del Padre era muy inferior a la actual, tu delgada atmósfera capturó su calor e impidió que los océanos se congelasen. Durante esos primeros pocos centenares de millones de años, superaste muchas dificultades para crear un ambiente capaz de sostener la vida. Tus volcanes liberaron entonces mucho calor, fuego y gases. Tu corteza exhaló muchos gases que se convirtieron en vapor en tu atmósfera, y en el agua de tus grandes océanos. Tu gravedad contribuyó a anclar el cielo sostenedor de la vida y tu campo magnético impidió que te convirtieses en blanco de los vientos solares y los rayos cósmicos.

Antes de la formación de la atmósfera, experimentaste una colisión con un gran cuerpo celestial, casi del tamaño de Marte. Parte del planeta con el que impactaste acabó formando parte de ti y el resto, junto a una parte de tu manto y de tu costra, se convirtió en la Luna. Por ello, la Luna, querida Madre, forma parte de ti, tan hermosa como un ángel. Ella es una hermana tuya, siempre siguiéndote, enlenteciendo tu movimiento, conservando tu equilibrio y estableciendo el ritmo de las mareas de tu cuerpo.

Nuestro sistema solar es una gran familia que baila, en torno al Padre Sol, una danza alegre y armoniosa. Primero esta Mercurio, metálico y salpicado de cráteres, el más cercano al Sol. Luego está Venus, con su intenso calor, volcanes y atmósfera de elevada presión. Después estás tú, querida Madre Tierra, el más hermoso de todos los planetas.
Más allá de nosotros gira el Planeta Rojo, el frío y desolado Marte, y luego el cinturón de asteroides del mayor de todos ellos, el gigantesco y gaseoso Júpiter, al que sigue un cortejo de diversas lunas. Más allá todavía gira el planeta Saturno, con su espectacular anillo, seguido de Urano, inclinado después de una colisión, y, finalmente, el distante y azul Neptuno, con sus turbulentas tormentas y fuertes vientos. Contemplando este esplendor advierto que tú, querida Madre Tierra, eres la más preciosa flor de nuestro sistema solar, una auténtica joya del cosmos.

Tardaste casi 1.000 millones de años en empezar a manifestar los primeros seres vivos. Moléculas complejas, procedentes quizás del espacio exterior, empezaron a aglutinarse en estructuras autorreplicantes que acabaron convirtiéndose lentamente en células vivas. Partículas de luz procedentes de estrellas remotas ubicadas a millones de años luz llegaron y se quedaron contigo. Las células más pequeñas se unieron formando células mayores; y los organismos celulares evolucionaron lentamente hasta convertirse en organismos pluricelulares. La vida se desarrolló entonces en las profundidades del océano, creciendo, multiplicándose y creando una atmósfera cada vez más estable. La capa de ozono fue cobrando entonces forma, impidiendo que la radiación dañina alcanzase tu superficie y posibilitando el desarrollo de la vida sobre la Tierra. Entonces fue cuando el milagro de la fotosíntesis permitió que fueses cubriéndote con el exquisito manto verde con el que hoy te engalanas.

Pero tú, como todos los fenómenos, también eres transitoria y te hallas en continuo proceso de cambio. La vida de grandes regiones de la Tierra se ha visto destruida más de cinco veces, incluyendo esa ocasión –hace ya de ello 65 millones de años– en la que el impacto de un gigantesco asteroide provocó la extinción masiva de los dinosaurios y de tres cuartas partes de las demás especies. Estoy sorprendido, querida Madre, de tu perseverancia y creatividad, pese a las duras condiciones que has tenido que soportar. Me comprometo a recordar tu extraordinario viaje de eones y a vivir mi vida consciente de que todos somos tus hijos, y a no olvidar que todos estamos hechos del polvo de estrellas. Hago el voto de hacer todo lo que esté en mi mano para contribuir con mi propia alegría y armonía a la gloriosa sinfonía de la vida.

VII

Tu última realidad: no muerte y no miedo

 

Querida Madre Tierra:

Tú naciste del polvo de distantes supernovas y antiguas estrellas. Tu manifestación no es sino una continuación, y, cuando dejes de existir en esta forma, seguirás existiendo en otra. Tu verdadera naturaleza es la dimensión última de la realidad, la naturaleza de no ir y de no venir, de no nacimiento y de no muerte. Y esa es también nuestra verdadera naturaleza. Si somos capaces de conectar con ella, experimentaremos la paz y la libertad del no miedo.

Pero, debido a nuestra visión limitada, todavía nos preguntamos por lo que sucederá cuando nuestra forma física se desintegre. Cuando muramos, sencillamente volveremos a ti. Tu nos has dado a luz en el pasado, y sabemos que seguirás haciéndolo una y otra vez en el futuro. Sabemos que no podemos morir. Cada nueva manifestación es un estreno y cada vez que volvemos a la Tierra, nos recibes y abrazas con gran compasión. Nosotros nos comprometemos a aprender a mirar profundamente hasta llegar a ver y tocar la verdad de que nuestra vida es tu vida y de que tu vida es ilimitada.
Sabemos que las dimensiones última e histórica (es decir, nouménica y fenoménica) son dos dimensiones de la misma realidad. Cuando conectamos con la dimensión histórica (es decir, con una hoja, una flor, un guijarro, un rayo de luz, una montaña, un río, un pájaro o nuestro propio cuerpo) conectamos con lo último. Cuando conectamos profundamente con uno, lo tocamos todo. Esto es inter-ser.

Nos comprometemos, querida Madre, a verte como nuestro cuerpo y a ver al Sol como nuestro corazón. Nos comprometemos a reconocerte a ti y al Sol en cada una de las células de nuestro cuerpo y a descubriros a ambos, Madre Tierra y Padre Sol, en cada hoja tierna, en cada rayo de luz y en cada gota de agua. Practicaremos diligentemente hasta ver lo último y darnos cuenta de nuestra verdadera naturaleza. Practicaremos hasta llegar a ver que nunca hemos nacido y que nunca moriremos.

Sabemos que, en última instancia, no hay nacimiento ni muerte, ni ser ni no ser, ni sufrimiento ni felicidad, ni bien ni mal. Aprenderemos a mirar profundamente en el mundo de los signos y las apariencias con la comprensión de inter-ser hasta llegar a entender que, sin muerte, no puede haber nacimiento, ni felicidad sin sufrimiento ni nenúfar sin lodo. Sabemos que la felicidad y el sufrimiento y el nacimiento y la muerte se alimentan mutuamente. Pero estos pares de opuestos son meros conceptos, y, cuando
trascendemos estas visiones dualistas de la realidad, nos liberamos de la ansiedad y el miedo.

Cuando conectamos con lo último estamos felices y relajados, estamos en nuestro elemento, libres de toda noción y concepto. Somos tan libres como el pájaro que surca el cielo y el ciervo que corretea por el bosque. Viviendo profundamente en la atención plena conectamos con nuestra verdadera naturaleza de interdependencia e inter-ser. Sabemos que somos uno contigo y con la totalidad del cosmos. La realidad última trasciende nociones y conceptos. No puede ser descrita como personal o impersonal, material o espiritual, ni como el objeto o el sujeto de la mente. La realidad última siempre resplandece. No necesitamos buscarla fuera de nosotros, porque aquí y ahora
estamos ya en contacto con ella.

VIII

Padre sol, mi corazón

 

Querido Padre Sol:

Tu luz infinita es la fuente de la que se nutren todas las especies. Tú eres nuestro sol, nuestra fuente de luz y de vida ilimitada. Tu luz resplandece sobre la Madre Tierra brindándonos calor y belleza, ayudando a la Madre Tierra a nutrirnos y posibilitando la vida de todas las especies. Mirando profundamente en la Madre Tierra te veo a ti. Tú no solo estás en el cielo, sino que también estás presente de continuo en la Madre Tierra y en mí.

Cada mañana haces acto de presencia en Oriente como una esfera rosada y gloriosa que resplandece en las 10 direcciones. Tú eres el más amable de los padres con una gran capacidad de entender y ser compasivo; pero, al mismo tiempo, eres increíblemente audaz y valiente. Las partículas luminosas que irradias invierten unos 8 minutos en recorrer los 150 millones de kilómetros que separan tu incandescente corona de la Tierra. Cada segundo entregas una pequeña porción de ti a la Tierra en forma de energía luminosa. Estás presente en cada hoja, en cada flor y en cada célula viva. Y tu inmensa masa física de plasma fundido, 333.000 veces superior al tamaño de la Tierra, está reduciéndose lentamente. Durante los siguientes 10.000 millones de años, la mayoría de su masa se transformará en energía, irradiándose a través del cosmos, y, aunque ya no sea visible en forma presente, seguirás en cada fotón que hayas emitido. Nada se pierde, solo se transforma.

Tu sinergia creativa con la Madre Tierra es, querido Padre, lo que hace posible la vida. La leve inclinación de la órbita de la Madre nos ofrece las cuatro extraordinarias estaciones. El milagro de la fotosíntesis encauza tu energía y genera el oxígeno necesario para que la atmósfera nos proteja de su abrasadora radiación ultravioleta. Durante largos eones, la Madre ha recogido y almacenado tu luz para nutrir a sus hijos y engalanarse. Es tu armonía creativa con la Madre Tierra la que permite que los pájaros disfruten cruzando el cielo y los ciervos trisquen por el bosque. Cada especie puede disfrutar en su elemento gracias a tu luz y al milagroso manto de la atmósfera que a todos nos abraza, protege y nutre.

Existe un corazón dentro de todos y cada uno de nosotros. Si nuestro corazón detuviera su latido, moriríamos instantáneamente. Pero, cuando miramos hacia el cielo, sabemos que tú, Padre Sol, también eres nuestro corazón. Tu luz no solo está fuera de este pequeño cuerpo nuestro, sino que también estás en cada una de las células de nuestro cuerpo y en el cuerpo de la Madre Tierra.

Tú, querido Padre, formas parte integral del cosmos y de nuestro sistema solar. Si desaparecieses, nuestra vida, como la vida de la Madre Tierra, también concluiría. Yo aspiro a mirar profundamente hasta llegar a verte, Padre Sol, como mi corazón y ver la interrelación y la naturaleza de inter-ser que te une a la Madre Tierra, a mí y a todos los seres. Hago el voto de practicar el amor a la Madre Tierra, al Padre Sol y a todos los seres humanos y amar a los demás con la comprensión radiante de la no dualidad e inter-ser hasta trascender toda discriminación, miedo, celos, resentimiento, odio y desesperación.

IX

Homo conscious

 

Querida Madre Tierra:

Nosotros nos llamamos homo sapiens. Los precursores de nuestra especie empezaron a aparecer hace unos pocos millones de años en forma de simios, como el orrorin tugenensis, que podía ponerse en pie y liberar así sus manos para hacer muchas cosas.

En la medida en que aprendieron a utilizar herramientas y comunicarse, sus cerebros crecieron y se desarrollaron y, durante 6 millones de años, evolucionaron gradualmente hasta llegar al homo sapiens. Cuando aparecieron la agricultura y las sociedades, adquirimos nuevas capacidades, únicas de nuestra especie. Nos tornamos conscientes y empezamos a preguntarnos por el papel que desempeñamos en el cosmos; pero también desarrollamos rasgos que no concuerdan con nuestra verdadera naturaleza. Debido a nuestra ignorancia y sufrimiento, hemos actuado con crueldad, maldad y violencia, aunque también podemos, gracias a la práctica espiritual, ser compasivos y ayudar, no solo a la nuestra, sino a todas las especies, es decir, tenemos la capacidad de convertirnos en buddhas, santos y bodhisattvas. Todos los seres humanos pueden convertirse, sin excepción alguna, en seres despiertos capaces de protegerte, Madre Tierra, y conservar tu belleza.

Todos tus hijos, independientemente de que sean humanos, animales, vegetales o minerales, poseen la naturaleza del despertar. Los seres humanos estamos orgullosos de nuestra mente consciente, de nuestros poderosos telescopios y de la capacidad de observar remotas galaxias; pero pocos entienden que somos tu conciencia y que, a través de ella, estás profundizando en tu comprensión del cosmos. Orgullosos de la capacidad de ser conscientes de nosotros y del cosmos, no nos damos cuenta de que nuestra mente consciente está limitada por la tendencia a discriminar y conceptualizar. Nosotros diferenciamos entre nacimiento y muerte, ser y no ser, dentro y fuera, e individual y colectivo. Pero hay seres humanos que han mirado muy profundamente, cultivado su conciencia y superado esas tendencias habituales hasta alcanzar la sabiduría de la no discriminación y ser capaces de conectar, tanto en su interior como fuera de ellos, con la dimensión última. Han sido capaces de seguirte en el camino de la evolución, dirigiendo a otros hacia la comprensión de la no dualidad y transformando toda separación,
discriminación, miedo, odio y desesperación.

Gracias, querida Madre, al precioso don de la conciencia, podemos reconocer nuestra presencia y aceptar el papel que desempeñamos en ti y en el seno del cosmos. Ya no somos tan ingenuos como para seguir considerándonos los reyes del universo. Sabemos perfectamente el papel casi insignificante que nos corresponde en el universo, pero nuestra mente es capaz de abarcar innumerables mundos. También sabemos que, aunque nuestro hermoso planeta Tierra no es el centro del universo, se trata de una de sus más asombrosas manifestaciones. Hemos desarrollado la ciencia y la tecnología y hemos descubierto la naturaleza verdadera de la realidad de no nacimiento y de no muerte, de no ser ni no ser, de no crecer ni no menguar y de ni lo mismo ni diferente. Sabemos que uno incluye a los muchos, que lo grande está contenido en lo pequeño y que cada partícula de polvo contiene la totalidad el cosmos. Esta comprensión de inter-ser nos enseña a amarte, a amar a nuestro Padre y a amar a nuestros semejantes. Y también sabemos que esta forma no dualista de ver las cosas puede ayudarnos a trascender la discriminación, el miedo, los celos, el odio y la desesperación.

Shakyamuni Buddha fue un hijo tuyo que logró el pleno despertar al pie del árbol bodhi. Después de su largo viaje de búsqueda, entendió que la Tierra es nuestro verdadero y único hogar y que ahora mismo podemos tocar contigo el cielo, el cosmos y la dimensión última. Nos comprometemos, querida Madre, a permanecer contigo a través de innumerables vidas, ofreciéndote nuestro talento, fortaleza y salud para que muchos bodhisattvas pueden seguir floreciendo en tu seno.

“Todos los seres humanos pueden convertirse, sin excepción alguna, en seres despiertos capaces de protegerte, Madre Tierra, y conservar tu belleza.”

X

¿Puedes tú contar con nosotros?

 

Querida Madre Tierra:

Los seres humanos somos solo uno de tus muchos hijos. Desafortunadamente, muchos estamos cegados por la codicia, el orgullo y la ilusión que nos impiden reconocerte como nuestra Madre. Ha sido mucho el daño que, por no entender esto, hemos provocado, poniendo en peligro tu salud y tu belleza. Nuestra mente ignorante nos ha empujado a explotarte y provocar cada vez más problemas poniéndote, a ti y a toda forma de vida, en un peligro cada vez mayor. Mirando profundamente, podemos reconocer también que tienes una gran paciencia, perseverancia y energía para enfrentarte y compensar el daño
que hemos provocado, aunque ello requiera centenares de millones de años.

Cuando la codicia y el orgullo exceden nuestras necesidades básicas de supervivencia, el resultado siempre es una violencia y devastación innecesarias. Sabemos que, cuando una especie se desarrolla con excesiva rapidez, desbordando sus límites naturales, se provoca mucho daño y pone en peligro la vida de otras especies. Para compensar la situación y recuperar el equilibrio, emergen naturalmente causas y condiciones que provocan la aniquilación de esa especie. A menudo, estas causas y condiciones se originan en el interior mismo de la especie destructiva. Hemos aprendido que, cuando nos comportamos violentamente con nuestra especie y otras especies, también nos comportamos violentamente con nosotros. Y cuando, por el contrario, sabemos cómo proteger a todos los seres, también sabemos cómo protegernos a nosotros.

Hemos entendido que todas las cosas son provisionales y que carecen de existencia separada. Tú y el Padre Sol, como el resto del cosmos, os halláis en continuo proceso de cambio, y tú estás compuesta de elementos no tú. Por ello sabemos que, en última instancia, tu trasciendes el nacimiento y la muerte, el ser y el no ser. No obstante, necesitamos protegerte y recuperar el equilibrio, para que puedas seguir mucho tiempo en esta hermosa y preciosa forma y estar disponible, no solo para nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos, sino para nuestros descendientes dentro de 500 millones de años y más todavía. Queremos protegerte para que, durante los eones venideros, sigas siendo la joya más resplandeciente de nuestro sistema solar.

Sabemos que quieres vivir de modo tal que, en cada instante de nuestra vida cotidiana, puedas estimar la vida y generar las energías de la atención, la paz, la estabilidad, la compasión y el amor. Nos comprometemos a responder a tu amor y a satisfacer tu deseo. Estamos profundamente convencidos de que, generando esas energías sanas, contribuiremos a aliviar los problemas de la Tierra y a reducir el sufrimiento provocado por la violencia, la guerra, el hambre y la enfermedad. Aliviando nuestro sufrimiento, aliviamos también el tuyo.

Ha habido ocasiones, querida Madre, en las que, como resultado de los desastres naturales, hemos sufrido mucho. Sabemos que, cuando sufrimos, tú también sufres con nosotros. Las inundaciones, los tornados, los terremotos y los tsunamis no son castigos ni manifestaciones de tu ira, sino fenómenos necesarios, en ocasiones, para recuperar el equilibrio. Y lo mismo podríamos decir de una estrella fugaz. Hay veces en que, para recuperar el equilibrio de la naturaleza, algunas especies deben sufrir. En esos momentos, nos hemos orientado hacia ti, querida Madre, y te hemos preguntado si podíamos contar contigo, con tu estabilidad y con tu compasión, pero tú no nos has contestado de inmediato. Luego, abrazándonos con gran compasión, has respondido: «Sí,
por supuesto, puedes contar con tu Madre. Siempre estaré aquí para ti», y luego has añadido: «Queridos hijos, ¿puede vuestra Madre Tierra contar con vosotros?».

Hoy, querida Madre, te ofrecemos nuestra más solemne respuesta: «Sí, querida
Madre, puedes contar con nosotros».

«Dondequiera que haya suelo, agua, roca o aire sé, querida Madre, que estás ahí,
nutriéndome y dándome vida. Estás presente en todas las células de mi cuerpo. Mi cuerpo físico es tu cuerpo físico, y, como el Sol y las estrellas están presentes en ti, también lo están en mí. Tú no estás fuera de mí, y yo tampoco estoy fuera de ti. Tú eres mucho más que mi entorno. Tú eres yo».

Un canto de amor a la Tierra es la invitación personal y apasionada del maestro zen Thich Nhat Hanh para que construyamos una relación íntima con la fuente de toda vida. Trascendiendo el enfoque científico –que se centra en la destrucción de los ecosistemas o la desaparición de las especies– Nhat Hanh profundiza en el
aspecto más esencial y que tiene el potencial de crear un verdadero punto de inflexión: superar el concepto de “medio ambiente”, ya que este nos lleva a sentirnos separados de la Tierra y a ver el planeta únicamente en términos utilitarios.
Rechazando asimismo enfoques economicistas convencionales, Un canto de amor a la Tierra nos enseña que para liberarnos de nuestra adicción al consumismo, proteger la naturaleza y atenuar el cambio climático necesitamos el mindfulness o plena consciencia y una revolución espiritual que otorgue sentido y conexión a nuestras vidas. Nuestra felicidad personal está indisolublemente unida a
la felicidad de nuestro planeta.

Thich Nhat Hanh  es un líder espiritual global, poeta y activista por la paz conocido por sus profundas enseñanzas y sus muy populares libros sobre la paz y la práctica de la plena conciencia. Cuando Martin Luther King nominó a este amable y humilde monje para el Premio Nobel de la Paz lo calificó como «un apóstol de la paz y la no violencia». Exiliado de Vietnam durante casi cuarenta años, Thich Nhat Hanh ha sido uno de los primeros maestros en traer a Occidente las enseñanzas del budismo y de la plena conciencia (mindfulness) y en establecer una comunidad que practica un budismo comprometido y del siglo XXI.

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